viernes, 3 de julio de 2015

Ver para creer o Creer para ver


Hoy la Iglesia católica celebra a Santo Tomás, uno de los apóstoles de Jesús, conocido también por su incredulidad ante el anuncio de las mujeres y los discípulos de haber visto al maestro resucitado.  Tomás expresó lo que pensaba.  Su duda no se basaba en falta de amor por Jesús, todo lo contrario, diría yo que su amor era tal que hasta su vida por Él dio.  Sin embargo, Tomás consideraba que ante la tristeza, aflicción e histeria ocasionada por la pérdida, la reacción de la gente, como todo ser humano, podía ser producto de su imaginación y su deseo inconsciente de tenerlo de vuelta.

Muchos de nosotros resultamos ser como este Santo en distintos momentos de nuestras vidas, donde la razón dictamina lo que es verdadero o no.  Pero, ¿acaso no hay cabida para la duda?  Me atrevo a decir que es todo lo contrario.  Al dudar, nuestra mente piensa, analiza, trata de comprender y en esa búsqueda maduramos.  En el caso de la fe, como la de Tomás, ésta madura en base a las experiencias que cada uno vive.  

Hablando en general, muchos llegan a creer en las coas por simple ola colectiva, porque en definitiva es más fácil creer en lo que el resto de la gente considera que es, en vez de levantar la voz.  Además, de esta manera se evita quedar como un loco en la sociedad.  Tristemente, no entendemos que para manifestarle al mundo nuestra diferencia de pensamiento, no basta con decir, "Yo siento que es así", "A mi me gusta más así", "Debe ser así", etc., ya que es esencial el poder sustentar con bases reales, aquello que estamos proclamando.  Y es que existen leyes en la vida, que por más vueltas que le demos y por más contras que tratemos de encontrarles, son inmutables.  

El derecho a dudar y pensar diferente es innegable, pero, ¡qué triste sería vivir toda la vida sumergidos en una nube de desconfianza, de falta de luz y de esperanza!  ¿Por qué desgastarnos en llevar siempre la contraria?, ¿por qué es tan difícil comprender lo qué Jesús le reveló a Santo Tomás, que Él es el camino, la verdad y la vida?, y más aún, ¿por qué tener tanto miedo a equivocarnos y aceptar nuestras fallas?  He aquí la clave en todo esto.  

Como seres imperfectos que somos estamos sujetos a titubear, a tropezar, a pecar, pero nuestra fortuna es inmensa, ya que tenemos un Dios misericordioso que nos ha de recibir con los abrazos abiertos y nos ha de brindar su perdón.  El dudar es como necesitar lentes, que muchas veces no lo sabemos, porque nos negamos a aceptar que puede haber algo mal en nosotros, porque nos es difícil el tan sólo pensar que al tener gafas, algo diferente en nosotros habrá.  Pero qué alivio y que alegría da al ir al médico y recibir nuestros lentes nuevos y ver todo con mayor claridad.  Nuestro médico de la fe es Dios, quién es el único que conoce la receta perfecta a nuestros problemas.


¡Dichosos aquellos que creen sin haber visto!, sí, pero dichoso también aquellos que luego de la duda son capaces de reconocer con el corazón encendido que en Dios lo tenemos todo, en aceptarlo como nuestro salvador y dueño, en proclamarle sin miedo al mundo entero sus enseñanzas, en ser testimonio de su infinita misericordia y su amor, en ser capaz de verdaderamente creer y decir con fuerza: "Señor mío y Dios mío".

lunes, 29 de junio de 2015

sábado, 27 de junio de 2015

Evangelio: Domingo 28 de junio de 2015


Domingo 13º del Tiempo Ordinario - Ciclo B

Lectura del santo Evangelio según san Marcos (5,21-43):


En aquel tiempo Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. 
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.» 
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda, su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
Jesús, notando que, había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio le la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?»
Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: "¿quién me ha tocado?"»
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. 
Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» 
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.»
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos.
Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.»
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).»
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar –tenía doce años–. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor

Fuente: http://www.ciudadredonda.org/

Oraciones cortas a María

ACTO DE CONSAGRACIÓN

¡Oh Señora mía, 
oh Madre mía!, 
yo me entrego del todo a Ti 
y en prueba de mi afecto, 
con amor filial 
te consagro en este día: 
todo lo que soy, todo lo que tengo. 
Guarda y protege, 
y también defiende a este hijo tuyo, 
que así sea.


______________________________________________
DULCE MADRE

Dulce Madre, no te alejes, tu vista de mi no apartes.
Ven conmigo a todas partes y nunca solo me dejes.
Ya que me proteges tanto como verdadera Madre,
Haz que me bendiga el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Amén.

______________________________________________

REINA DEL CIELO

Reina del Cielo, alégrate, aleluya, porque el Señor, a quien llevaste en tu seno, aleluya, 
ha resucitado, según su palabra, aleluya.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, 
ahora y en la hora de nuestra muerte. 
Amén.
______________________________________________
ORACIÓN DEL "FIAT"

Santa María, ayúdame a esforzarme 
según el máximo de mi capacidad
y al máximo de mis posibilidades
para así responder al Plan de Dios
en todas las circunstancias 
concretas de mi vida. Amén.

viernes, 26 de junio de 2015

Biografía: San Josemaría Escrivá de Balaguer


Fundador de la Prelatura "Opus Dei"

BREVE BIOGRAFÍA

Infancia y Juventud

Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (Huesca, España) el 9 de enero de 1902. Sus padres se llamaban José y Dolores. Tuvo cinco hermanos: Carmen (1899-1957), Santiago (1919-1994) y otras tres hermanas menores que él, que murieron cuando eran niñas. El matrimonio Escrivá dio a sus hijos una profunda educación cristiana.

En 1915 quebró el negocio del padre, que era un industrial de tejidos, y hubo de trasladarse a Logroño, donde encontró otro trabajo. En esa ciudad, Josemaría percibe por primera vez su vocación: después de ver unas huellas en la nieve de los pies descalzos de un religioso, intuye que Dios desea algo de él, aunque no sabe exactamente qué es. Piensa que podrá descubrirlo más fácilmente si se hace sacerdote, y comienza a prepararse primero en Logroño y más tarde en el seminario de Zaragoza. Siguiendo un consejo de su padre, en la Universidad de Zaragoza estudiará también la carrera civil de derecho como alumno libre.

La fundación del Opus Dei

D. José Escrivá muere en 1924, y Josemaría queda como cabeza de familia. Recibe la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925 y comienza a ejercer el ministerio en una parroquia rural y luego en Zaragoza.

En 1927 se traslada a Madrid, con permiso de su obispo, para obtener el doctorado en Derecho. En Madrid, el 2 de octubre de 1928, Dios le hace ver la misión que desde años atrás le venía inspirando, y funda el Opus Dei. Desde ese día trabaja con todas sus fuerzas en el desarrollo de la fundación que Dios le pide, al tiempo que continúa con el ministerio pastoral que tiene encomendado en aquellos años, que le pone diariamente en contacto con la enfermedad y la pobreza en hospitales y barriadas populares de Madrid.

Al estallar la guerra civil, en 1936, Josemaría se encuentra en Madrid. La persecución religiosa le obliga a refugiarse en diferentes lugares. Ejerce su ministerio sacerdotal clandestinamente, hasta que logra salir de Madrid. Después de una travesía por los Pirineos hasta el sur de Francia, se traslada a Burgos.

Cuando acaba la guerra, en 1939, regresa a Madrid. En los años siguientes dirige numerosos ejercicios espirituales para laicos, para sacerdotes y para religiosos. En el mismo año 1939 termina sus estudios de doctorado en Derecho.

Guiando el crecimiento del Opus Dei

En 1946 fija su residencia en Roma. Obtiene el doctorado en Teología por la Universidad Lateranense. Es nombrado consultor de dos Congregaciones vaticanas, miembro honorario de la Pontificia Academia de Teología y prelado de honor de Su Santidad. Sigue con atención los preparativos y las sesiones del Concilio Vaticano II (1962-1965), y mantiene un trato intenso con muchos de los padres conciliares. Desde Roma viaja en numerosas ocasiones a distintos países de Europa, para impulsar el establecimiento y la consolidación del Opus Dei en esos lugares. Con el mismo objeto, entre 1970 y 1975 hace largos viajes por México, la Península Ibérica, América del Sur y Guatemala, donde además tiene reuniones de catequesis con grupos numerosos de hombres y mujeres.

Fallece en Roma el 26 de junio de 1975. Varios miles de personas, entre ellas numerosos obispos de distintos países —en conjunto, un tercio del episcopado mundial—, solicitan a la Santa Sede la apertura de su causa de canonización.

Beatificación y Canonización

El 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II beatifica a Josemaría Escrivá de Balaguer en la plaza de San Pedro, en Roma, ante 300.000 personas. «Con sobrenatural intuición», dijo el Papa en su homilía, «el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado».

Diez años más tarde, el 6 de octubre de 2002, Juan Pablo II canoniza al fundador del Opus Dei en la plaza de San Pedro ante una multitud de más de 80 países. El Santo Padre, en su discurso a los participantes en la canonización, dijo que "san Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario".
Fuente: www.es.catholic.net

Pensar antes de actuar


Tal vez muchos en distintas ocasiones de nuestras vidas caemos en el error de actuar sin antes pensar, a veces por descuido, otras veces por no importarnos lo que piensen los demás, en otras por baja autoestima o por deseos de engrandecernos, pero casi siempre es por no visualizar ni entender el peso de nuestras palabras y acciones, es decir, las consecuencias.

Dice en el poema Los Motivos del Lobo: “En el hombre existe mala levadura, cuando nace, viene con pecado, es triste…”  Y es que es nuestra naturaleza la que nos hace buscar naturalmente nuestro beneficio y comodidad, nos incita a querer ganar y demostrar superioridad, a pensar primero siempre en nosotros mismos antes que en los demás.  El hombre simplemente es un ser imperfecto y lleno de debilidad, no obstante, fue creado para amar, para ser reflejo del creador, 

Dios mediante sus enseñanzas, su amor incondicional como padre protector y guía, busca que de nuestro ser florezca la bondad que Él sembró en nosotros.  Pero muchas veces resultamos ser irremediablemente obstinados y nos dejamos ganar por nuestro ego. El pensar que casi siempre tenemos la razón y que nuestra manera de hacer las cosas es la correcta y más eficiente nos hace perder la tolerancia con los demás que no son iguales que nosotros.

Resulta que sería mucho más fácil si todos estuviéramos en la misma página, así no habría nada que explicar y todo fluiría con mayor naturalidad.  Pero estamos en un mundo donde si bien es cierto, todos somos iguales ante los ojos de Dios, así mismo tenemos capacidades y oportunidades diferentes, no para que el que más sepa señale y humille al que no, sino todo lo contrario, para que le enseñe, y sí, en reiteradas ocasiones se requerirá respirar hondo y pedir iluminación divina para encontrar las mejores palabras y métodos para hacer llegar el mensaje. 

Dios nos expone ante ciertas situaciones como pruebas constantes, eso es lo que pienso que hace, Él nos pone en diferentes ambientes en distintos momentos de nuestras vidas para fortalecernos y a la vez para que nos acerquemos a Él.  Siempre encontraremos en la escuela, en el trabajo, entre vecinos, en la iglesia, hasta dentro de nuestra misma familia, personas con quien en ocasiones será difícil lidiar.  A veces diremos cosas que para nosotros está de lo más bien, sin embargo, son hirientes y menospreciantes.  Ante esto, existe una única solución: orar. 


Orar incesantemente, orar con el corazón, reconociendo nuestra imperfección, que nada somos sin Dios y que por eso necesitamos de Él para poder comportarnos a su voluntad, para construir su reino en la tierra, para crecer en santidad y ayudar a otros a crecer de igual forma.  Pedir paciencia, tolerancia, sabiduría y entendimiento, aprender a escuchar y entender cuándo es mejor callar.  Si nuestra oración es sincera, Dios nos dará lo que pedimos y mucho más, y la gracia y satisfacción que nos generará nuestras buenas obras serán inmensurables.